Agua la boca, Lola va al mercado


6 septiembre, 2019

Por María Luisa Vargas San José

Son las 7: 45 de la mañana del sábado, y en vez de dormir otro rato, Lola se ducha, se refresca y sale de su casa oliendo a jaboncito. Se lanza al mercado con toda su alegría recién lavada, con la saca del mandado y a rebelde contrapelo de un montón de mujeres de su época.

Inicia para ella un viaje de hora y media a ese espacio lleno del viejo amor por el festejo casi caótico de olores y colores que implica toda visita al mercado. Verduras, flores y frutas arregladas para presumir, para provocar, para despertar la imaginación.

Lola va al mercado acompañada de toda una cadena de mujeres que, como su abuela Cristina, han ido con poco dinero en el monedero y muchos hijos y nietos a la mesa, mujeres que han tenido la capacidad y la bondad de saber administrar un chivo más bien escuálido y a las cuales el mercado les ha permitido comprar de a poquitos para llegar a casa con un tesoro de dos manzanas, cuatro mandarinas y un puñado de ciruelas espléndidas. Joyas que varían con la estación, recordándonos que el tiempo transcurre y que la tierra regala diferentes cosas en otoño que en primavera.

Yendo al mercado la abuela podía estirar el gasto para cuidar de que “no falte nada en nuestro hogar” como una vez -hace mucho- le prometió a su novio; y así, una cañita de lomo de cerdo, medio cuartito de adobo, un plátano macho, medio kilo de arroz, un elote para los granitos de alegría en medio del guiso, y con esto tenía resuelta la comida. El capricho mimoso de unas peritas de anís, o un puño de grageas de chocolate para los pequeños. La pata de puerco en vinagre para el yerno, el medio kilo de harina para los buñuelos de la noche – pues nadie se irá sin merendar- y para engalanar la casa, un ramo de claveles como besos…de azucenas blancas y esbeltas, o cuatro varitas de nardos, con su perfume profundo y antiguo.

A la abuela todavía le alcanzaba el corazón y la cabeza para, antes de irse, pasar por las yerbas medicinales con la marchanta que le despachaba el estafiate para aquel que acabaría empachado y el gordolobo para el griposo, rosa de castilla y lavanda para suavizar los ánimos de las parejas que habiendo llegado peleados acabarían yéndose amigados.

Lola tiene sus marchantes y marchantas, ellos la esperan cada semana, faltar un sábado sería un poco como dejarlos plantados. Se conocen, se preguntan por sus hijos que respectivamente han acompañado a las madres a despachar o a comprar, hijos que ambas han visto crecer. Dos o tres generaciones han intercambiado historias, buenos deseos y conocimientos culinarios que requieren de sabiduría, buen ojo y mejor mano de ambos lados del puesto. La fruta se cala y se ofrece sin compromiso, Lola puede oler, tocar y probar la sandía o el mamey que escogieron para ella, pedir los aguacates en su justo grado de madurez para que duren toda la semana, y sabe que no la decepcionarán. En ningún lugar del mundo encontrará a la carnicera chatita que desde hace siglos sabe cómo limpiar el cuete de res y dónde y cuántos agujeros hacerle para que ella lo pueda mechar con tocino y ciruela pasa.

Ir al mercado, una actividad así de simple y doméstica es en el fondo, cuando tenemos conciencia de ello, la tenaz repetición de un ritual que nos ancla a la familia y que llena de sentido al quehacer cotidiano de abastecer el hogar con el cuidado de la naranja más dulce y el jitomate más rojo. La excursión al mercado ayuda a terminar una semana y comenzar con la siguiente, ahí mismo planear el futuro, abrir otro pequeño ciclo amparados en la seguridad de que no faltará nada. Un ritual cálido, lleno de vida, en donde mercados, marchantes, puestos de fruta y verdura opulentos como altares, son la materia perecedera que hace posible la simbolización de un entorno familiar cercano y gozoso que poco o nada tiene que ver con el aséptico orden de un moderno supermercado de limpísima displicencia impersonal en donde no hay estaciones ni temporadas ni marimbas que nos regalen danzones. En donde la fruta, la verdura, la carne o el pescado no están frescos, están fríos. Que no es lo mismo.

Lola podría hacer el mandado mucho más fácil y rápidamente llenando un cromado carrito de metal sin cruzar media palabra con nadie, al ritmo de la música subliminal y estándar que le contagiara su ritmo neutro y descerebrado a este acto que podría volverse cada vez más automatizado, más adormilado… tendría acceso a un montón de productos industrializados, hechos en serie, empacados al alto vacío y etiquetados para su venta individual con toda la información nutrimental proteínica y calórica; llenaría su carrito de ofertones bárbaros, de mil cosas que no sabía que necesitaba y finalmente, podría pagar toda la cuenta con un golpe de plástico.

Pero Lola simple y sencillamente, no está dispuesta a perderse el viaje.